miércoles, 14 de mayo de 2014

La dignidad del caído

Esta mañana, en la calle, me he encontrado con un joven pidiendo limosna, arrodillado en una esquina y con las manos levantadas, juntas. Susurraba algo casi inaudible y en un español difícil de entender. Me he parado delante de él, y después de pensármelo diez segundos, sin estar muy convencido de que lo que iba a decirle iba a ser justo o no, apropiado o no, le he preguntado:

-¿Me entiendes, hablas español?

Me ha mirado con cara de temor y asombro, como esperando que fuera a agredirle. Ha negado con la cabeza y ha susurrado sin apartarme la mirada:

-Poco.

En ese momento me ha dado igual que me entendiera completamente o solo un poco, sólo quería desahogarme y sacar afuera toda mi mala leche. Así que, intentando no cabrearme más de lo que estaba, le he dicho mirándole fijamente y gesticulando:

-Tú eres persona como yo, como ése, como aquella señora. No debes pedir perdón por ser pobre. No debes avergonzarte de ello. ¿Por qué de rodillas, a quién crees que debes pedir perdón, ante quién te estás humillando? Levántate, y si ahora no puedes hacer nada más, sigue pidiendo, pero con dignidad, con dos cojones. ¡Levanta, coño!

Le he agarrado del brazo y he tirado de el hasta que se ha puesto en pie. Mientras me seguía mirando con cara de sorprendido, le he dejado dos euros y he seguido mi camino. Justo antes de volver la esquina, me he vuelto de nuevo hacia a él y le he gritado:

-¡Con dos cojones!

No sé si he hecho bien o mal, no sé si el desahogue ha sido más por mí que por él, no sé si después me he sentido mejor o peor, no sé cómo debe haberse sentido el chaval. Lo que sí sé es que el cabreo aún me dura, y espero que no se me pase en mucho tiempo.

2 comentarios:

  1. El sesgo de atribución hace que las personas tendamos a atribuir las causas de lo que les pasa a otros a ellos mismos, mientras que atribuimos las causas de lo que nos pasa a nosotros mismos a las circunstancias externas. Hay que pensar que nadie llega a ser tan pobre como para tener que pedir por la calle porque quiere. Considerar que nosotros podríamos ser como ellos algún día es un ejercicio de humildad necesario.

    Curiosidad al respecto: según un estudio publicado hace un año o dos, más del 15% de los sin techo de Barcelona poseían una titulación superior. Que nadie se engañe, nos puede pasar a cualquiera.

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  2. Aparte de tu comentario, que veo acertado, quería poner el énfasis en la actitud servil del chaval. Estaba literalmente pidiendo perdón, como cuando un católico se humilla ante un cura o ante el gordo del espacio.

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